
Fue instantáneo, caminaba por los pasillos de la agrandada biblioteca de mi alma mater, buscando un par de libros, cuando de repente sentí que era observado, se trataba de un ejemplar de Acantilado que desde el fondo del pasillo me miraba con toda su atención, era Tierra de fuego de Adam Zagajewski, algo pasó, el libro y yo tuvimos como díría Enrique Iglesias, casi una experiencia religiosa, así que sin el menor pudor nos fuimos a mi casa, y ahora aprendo bailes de salón.
Un poquito de Zagajewski (Altamente ponedor)
CONCHA
Por la noche los monjes cantaban en voz baja,
y un viento fuerte levantaba
ramas de abetos igual que alas.
No he conocido ciudades antiguas,
nunca estuve en Tebas
ni en Delfos, ni tampoco sé
qué dijo la Sibila a los viajeros.
La nieve cubrió calles y barrancos,
y en vestidos oscuros las cornejas seguían
las huellas de los zorros en silencio.
Creía en señales efímeras
en sombras de ruinas y en serpientes de agua,
en fuentes de montaña y en pájaros proféticos.
Los tilos florecen igual que novias,
pero sus frutos son pequeños, ásperos.
Ni en la música ni en pinturas bellas
ni en hazañas o en el coraje
ni aun en el amor hay saber,
sino en todas las cosas,
en la tierra y el aire, en el silencio y el dolor.
Un poema es capaz de retener el eco
de la tormenta, como la concha que tocó Orfeo
al escapar. El tiempo arrebata la vida, y devuelve memoria, dorada por las llamas
y negra por las ascuas.