
Últimamente Peter Handke es más famoso por lo que hace o deja de recibir que por lo que escribió, hoy cumple 65 años en medio de antipatías y cuestionamientos. Desde que se apareció en el entierro de Milosevic muchos le tienen muy mala leche, desde que renunció al premio Heinrich Heine, otros tantos le tienen otra tanta mala leche.
Y al igual que con Houellebecq, se empiezan a oír voces que dicen que lo importante es lo que escribe y no lo que dice, hace, apoya o rechaza, otros en cambio opinan que si tiene que ver lo que dice con lo que escribe. Y otros piensan que ser inteligente o tener algún talento, va ligado a ser “buena” persona.
Para muchos Milosevic es peor que los hombres en las canciones de Paquita la del Barrio y no le perdonan a Hendke su apoyo al ex dictador yugoslavo. Pero cuantos grandes (y pequeños) escritores no han tenido ideas retorcidas y maniacas, sólo que no se conocieron y por esto la gente los lee sin problema.
Y la otra pregunta que sale por todas partes, hasta en los comerciales de la Generala, ¿Se debe condenar a un autor y su obra por sus afinidades ideológicas? Yo no me pararía en las manifestaciones a las que va Hendke, pero eso no me distrae de su obra, el caso es que ya antes otros escritores han opinado o apoyado equivocadas cuestiones, pero con el tiempo lo que dijeron se fue despintando, y lo que escribieron mejoró de color.
Hendke está en medio, a muchos les parece un autor que se debe de leer, uno de los grandes contemporáneos, otros tantos tienen a su obra en baja estima, así qué si su obra es buena, terminará comiéndose las opiniones de su autor.
Günter Grass condena a Hendke y a su vez otros están metidos con la biografía de Grass y la polvadera que esta armó, y seguro ya vendrán otros escritores que después de ser aplaudidos, dirán algo y entrarán en el ring por algún tiempo (es hora que Amis no sale del cuadrilátero) y lo mejor será leerlos en vez de escucharlos y no descalificar su obra a la primera.
En una entrevista Hendke dijo esto:
Leer para mí lo es todo. Escribir es una bendición. Pero al mismo tiempo hay que exigir respeto. Precisamente el respeto ante el escritor ha desaparecido por completo. Y, tal como se comportan los autores, el público tiene razón. En algún momento la veneración por la literatura se fue al carajo. Y sin embargo siguen habiendo personajes muy nobles. Un escritor ha de ser noble. El poema de Goethe dice: “Ya que anticipar el sentir de las almas nobles,/ es la más deseable profesión”. Se refiere al escritor. Y no es que no existan almas nobles, pero los autores ya no se anticipan, sino que hacen cualquier cosa por conseguir un efecto. Tienen muchas opiniones y están demasiado pendientes del día. Yo también. Para mí la cotidianeidad lo es todo, de ella salen los mitos, las leyendas. El problema es que muchos autores están demasiado metidos en la cotidianeidad publicada, en vez de defender un centro desde el margen. No quiero polemizar, pero cuando era joven, un escritor era algo grandioso.
Y esto es un fragmento de lo que escribe
De Las alas del deseo
Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el niño era niño no sabía que era niño, para él todo estaba animado, y todas las almas eran una. Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre, se sentaba en cuclillas, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban. (...)
Cuando el niño era niño no podía pasar las espinacas, los porotos, el arroz con leche y la coliflor salteada. Ahora se lo come todo, y no porque lo obliguen. Cuando el niño era niño despertó una vez en una cama extraña, y ahora una y otra vez. Muchas personas le parecían bellas, y ahora sólo con suerte. Imaginaba claramente un paraíso, y ahora apenas puede intuirlo. Nada podía pensar de la nada, y hoy esta idea lo estremece. Cuando el niño era niño jugaba con entusiasmo, y ahora se sumerje en sus cosas como antes, sólo cuando esas cosas son su trabajo. (...)
Cuando el niño era niño, las manzanas y el pan le bastaban de alimento, y todavía es así. Cuando el niño era niño, las bayas le caían en la mano sólo como caen las bayas, y ahora todavía lo hacen. Las nueces frescas le ponían áspera la lengua, y todavía es así. Encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta, y en cada ciudad el anhelo de una ciudad más grande, y siempre es así todavía. En la copa del árbol tiraba de las cerezas con igual deleite como hoy todavía lo sigue haciendo. Se asustaba de los extraños, y todavía se asusta; esperaba las primeras nieves, y todavía las espera. Cuando el niño era niño, lanzó un palo como una lanza contra un árbol, y aún hoy vibra todavía.